martes, 24 de septiembre de 2013

"Llegó tarde a casa. Derrotada de tanto alboroto, tanta gente, tanto agobio. Abrió la puerta y fue tirando todo lo innecesario. Mientras que dejaba caer el bolso en el suelo, se quitaba los tacones.
Bestia bostezó perezosamente, mientras que la miraba con los ojos entornados, y se desperezaba.
Se desabrochó la camisa casi hasta el ombligo cuando llegó al sofá. Se dejó caer, y su pelo y su ropa se sacudió lenta y graciosamente. Bestia caminó hacia ella y se puso en su regazo, dándole la bienvenida.
Ayira abrió entonces los ojos, la miró complacida y después su mirada se desvió hacia la leja de la mesita que tenía frente a ella. Todavía le quedaba algo de maría. Hacía mucho que no fumaba, y aquel día se merecia un soplo de libertad.
Cogió los materiales y se puso a trabajar. Un último esfuerzo.
Necesitaba ambientar aquéllo, y con el porro en la mano se dirigió hacia la columna de CDs apilados. Recorrió su dedo por todos ellos y paró en uno de mezclas de nirvana. Aquél CD tendría unos 10 años, y desde que lo grabó no lo volvió a escuchar. Lo puso en la minicadena y buscó el mechero.
Acabó registrando en la cocina alguna cerilla.

Las primeras caladas siempre son el aperitivo... Poco a poco iba apreciando el sabor, la sutileza de matices de la planta, y poco a poco iba regresando al estado básico que siempre conseguía. Con esa música de fondo, parecía que volvía a su adolescencia, tan oscura y sinsentido, pero desde otro punto de vista. Seguía siendo algo pesimista, pero feliz.
Un suave oleaje parecía sacudirla en el sofá. Las notas se hacían densas y casi visibles, aparecían y desaparecían en ondas. A veces tenían forma de un calamar abstracto que intentaba chocar con su pantalla de visión. Los brazos iban desapareciendo, los sentía pero a un par de centrímetros bajo su piel. Los pies los miraba desde lejos. Estaban ahí, frente a ella, sobre la mesa, moviéndose con un ritmo tranquilo, y parecían ser de otra persona. Demasiado tiempo mirándolos. Los bajó al suelo, y se recostó más en el sofá.

Cerró los ojos.

Al poco, notó presión en sus muslos, demasiada como para que fuese su peludo compañero. Sonaba "Come as you are".  Entornó los ojos y vió unas manos fuertes masajeando sus piernas. Era Zac.
En ese momento no entendía nada. Pensó que en el fondo Zac era un perturbado que alquilaba su casa a mujeres para luego espiarlas y violarlas. En ese momento, alzó unos ojos sumisos y claros, pero a la vez llenos de promiscuidad, deseo. La miró fijamente y la reacción de ella fue acariciarle el pelo, como si le concediese el placer de disfrutar con sus piernas.

Zac pasó aquella tarde por allí para coger unas herramientas de dibujo que le hacían falta. Se dió cuenta de la presencia de Ayira por la música, entonces entró al salón. La vió allí tumbada, tan estasiada, con la camisa abierta... Se le cayó la chusta que llevaba entre los labios. Le encantaba su ombligo. El sujetador negro hacía que sus pechos resaltasen más con la luz de la lamparita. Estaba preciosa.

Entreabrió su boca y acarició los labios con su lengua. Provocó un sosegado suspiro. Le encantaba hacer que se sintiera cómoda. Y la combinación de la droga y el sexo era perfecta. Disfrutaba el momento, despacio, intentando transmitirle todo el placer que él sentía haciéndola feliz. Cada lametazo era mejor que el anterior.
Si hubiese sido en otro momento, le hubiera impedido que continuase. Pero era tan perfecto todo que no quería alterar ni las motas de polvo que estaban en suspensión en la habitación.
Cuando los suspiros se transformaron en fuertes gemidos, Zac la cogió en peso mientras la besaba y la llevó a la habitación.
Afortunadamente, allí se había dejado un litro de cerveza y su mochila. Había comprado un par de cosas en la tienda que le pillaba de camino, y casualmente tenía chocolate.
Sirope de chocolate."


lunes, 16 de septiembre de 2013

El Gran Dictador

"Lo siento.

Pero yo no quiero ser emperador. Ese no es mi oficio. No quiero gobernar ni conquistar a nadie, sino ayudar a todos si fuera posible. Judíos y gentiles. Blancos o negros. Tenemos que ayudarnos los unos a los otros; los seres humanos somos así. Queremos hacer felices a los demás, no hacerlos desgraciados. No queremos odiar ni despreciar a nadie. En este mundo hay sitio para todos y la buena tierra es rica y puede alimentar a todos los seres. El camino de la vida puede ser libre y hermoso, pero lo hemos perdido. La codicia ha envenenado las armas, ha levantado barreras de odio, nos ha empujado hacia la miseria y las matanzas.

Hemos progresado muy deprisa, pero nos hemos encarcelado a nosotros. El maquinismo, que crea abundancia, nos deja en la necesidad. Nuestro conocimiento nos ha hecho cínicos. Nuestra inteligencia, duros y secos. Pensamos demasiado, y sentimos muy poco.

Más que máquinas necesitamos más humanidad. Más que inteligencia, tener bondad y dulzura.

Sin estas cualidades la vida será violenta, se perderá todo. Los aviones y la radio nos hacen sentirnos más cercanos. La verdadera naturaleza de estos inventos exige bondad humana, exige la hermandad universal que nos una a todos nosotros.

Ahora mismo, mi voz llega a millones de seres en todo el mundo, a millones de hombres desesperados, mujeres y niños, víctimas de un sistema que hace torturar a los hombres y encarcelar a gentes inocentes. A los que puedan oirme, les digo: no desesperéis. La desdicha que padecemos no es más que la pasajera codicia y la amargura de hombres que temen seguir el camino del progreso humano.

El odio de los hombres pasará y caerán los dictadores, y el poder que le quitaron al pueblo se le reintegrará al pueblo, y, así, mientras el Hombre exista, la libertad no perecerá.

Soldados.

No os rindáis a esos hombres que en realidad os desprecian, os esclavizan, reglamentan vuestras vidas y os dicen qué tenéis qué hacer, qué pensar y qué sentir.

Os barren el cerebro, os ceban, os tratan como a ganado y como a carne de cañón. No os entreguéis a estos individuos inhumanos, hombres máquinas, con cerebros y corazones de máquinas.

Vosotros no sois máquinas, no sois ganado, sois Hombres. Lleváis el amor de la Humanidad en vuestros corazones, no el odio. Sólo lo que no aman odian, los que no aman y los inhumanos.

Soldados.

No luchéis por la esclavitud, sino por la libertad. En el capítulo 17 de San Lucas se lee: “El Reino de Dios está dentro del hombre, no de un hombre ni de un grupo de hombres, sino de todos los hombres…” Vosotros. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder. El poder de crear máquinas, el poder de crear felicidad. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacer esta vida libre y hermosa, de convertirla en una maravilosa aventura.

En nombre de la democracia, utilicemos ese poder actuando todos unidos. Luchemos por un mundo nuevo, digno y noble que garantice a los hombres trabajo, y de a la juventud un futuro y a la vejez seguridad. Con la promesa de esas cosas, las fieras alcanzaron el poder. Pero mintieron; no han cumplido sus promesas ni nunca las cumplirán. Los dictadores son libres sólo ellos, pero esclavizan al pueblo. Luchemos nosotros ahora para hacer realidad lo prometido. Todos a luchar para libetar al mundo. Para derribar barreras nacionales, para eliminar la ambición, el odio y la intolerancia.

Luchemos por el mundo de la razón.

Un mundo donde la ciencia, donde el progreso, nos conduzca a todos a la felicidad.

Soldados.

En nombre de la democracia, debemos unirnos todos."






"Hannah, ¿puedes oirme? Donde quiera que estés, mira a lo alto, Hannah.

Las nubes se alejan, el sol está apareciendo. Vamos saliendo de las tinieblas hacia la luz. Caminamos hacia un mundo nuevo, un mundo de bondad, en el que los hombres se elevarán por encima del odio, de la ambición, de la brutalidad.

Mira a lo alto, Hannah. Al alma del hombre le han sido dadas alas, y al fin está empezando a volar, está volando hacia el arco iris, hacia la luz de la esperanza, hacia el futuro, un glorioso futuro que te pertenece a tí, a mí, a todos.

Mira a lo alto, Hannah. ¡Mira a lo alto!"
 .