viernes, 20 de marzo de 2015

Pantalones oscuros, rasgados y recosidos. Paso firme sobre unas zapatillas de tan mala calidad que limita la parte anterior del pie y deja el talón a su aire. Chaqueta negra prestada, auriculares nada sutiles. Ojeras y una línea curvada hacia abajo por el efecto de la gravedad. Manos en los bolsillos, el cable que no encuentra su lugar y se dedica a bailar como buenamente le permite su longitud.
Un día como otro cualquiera, pero hoy llueve. Hoy está nublado y hay esperanza de que haya un eclipse que aun no ha llegado. De vuelta a casa, demasiado temprano; 30 sitios distintos de esta ciudad la gente vuelve de una noche de luces tenues que acarician la penumbra, de cervezas, de risas, de arrepentimiento, de náuseas, de esperanza, de lujuria, de olor a tabaco, de vasos rotos, de miradas...
La calle, estrecha, delimitada por edificios altos, mojada; la postura recta y serena. Por un momento alzas la cabeza para observar un cielo tan gris como tu ropa, y esa canción hace que por unos pocos segundos, sientas esa soledad tantas veces añorada. Unos segundos que se esfuman como el humo de un cigarrillo en un día de viento... pero que pronto volverá...