viernes, 15 de febrero de 2013

Volver a intentarlo

"Se estaba cansando de esta vida. Todo tan negativo, tan profundo, húmedo y oscuro... Seguía viendo a las personas con la misma indiferencia, quizá más, dejando atrás el odio. A veces, estuviese donde estuviese, se quedaba atenta y se concentraba en ellos. Los veía simples mortales. Seres que se levantaban por la mañana porque tenían un propósito asignado, caminaban sin pensar el por qué de la dirección que tomaban. Cogían sus impecables coches y simplemente introducían la llave y se desplazaban hasta su destino sin pensar en la complejidad del vehículo que les transporta. Nunca se han parado a pensar en qué tipo de reacciones ocurren en sus cuerpos cuando corren, cuál es el origen físico de sus bostezos, nunca se han parado a contar cuántas veces aspiran en un minuto, no piensan en que constantemente están eligiendo. Nunca se han preocupado en qué hubiera ocurrido si hubiesen permanecido 5 minutos más en la cama aquella mañana, si hubieran aceptado dar limosna a aquel vagabundo de su portal, si hubieran aceptado salir aquella noche tras la propuesta de conducir hasta que se acabase el depósito, si su madre hubiese decidido no contarle de pequeño el por qué de aquel problema,...
Todo mecánicamente. Se dejan llevar por la primera sensación y lo transforman en sentimientos. No piensan en que Ayira pudiese estar pensando en ellos. Pensar realmente en ellos.
Se hacen daño, se pelean, se acarician, se aman, son resentidos, sienten tristeza y felicidad, celosos, incautos, precavidos, incompetentes, vagos, activos,... Pero ninguno de ellos podría compararse a Ayira. A nadie le acompañaba un ser de aspecto mitológico. Imaginando, podría pensar quién sería el "acompañante" de cada persona según su manera de caminar, sus gestos y su forma de ser con el resto de personas. Pero nadie como la innombrable.
Un día, decidió romper con esa rutina. La suya y la que le ataba a la sociedad. La forma de hacerlo era sencillo: hacer lo que le apeteciese sin intentar destruirse.
La música era necesaria. Aunque no dependiese de ella, con la experiencia se dió cuenta de que influía en su estado de ánimo. Tiró todas las botellas de alcohol y guardó un litro de cerveza como recompensa para el final del día.
Se duchó, largo tiempo bajo agua ardiendo, con los rayos de sol abriéndose paso por la diminuta ventana del aseo. Se puso únicamente una camiseta y unos pantalones, y descalza siguió ordenando todo aquel desastre que tenía por casa. Miles de papeles por el suelo, cristales rotos, ceniceros improvisados en cualquier rincón,... Todo fuera. Decidió pasar el día con su peluda mascota, que aceptó el plan de buena gana. Comieron juntas, y sobre las 5 de la tarde, llamaron a la puerta.
- Zac, seguro.-pensó
En efecto, desde aquél día no había sabido nada de ella.
Las dos le recibieron con mirada cansada.
- Qué bien te veo. ¿Me invitas a una cerveza?
- Lo siento, tengo planes.
- Pero si te falta ir en pijama...-dijo con una media sonrisa.
- Pensaba pasar el día con Bestia. Tranquilitas, gracias.- y se dispuso a dejarle fuera de casa.
Zac intentó impedírselo cogiendo la puerta, coincidiendo sus manos en el mismo punto. Cualquier otro día, Ayira hubiese quitado la mano de allí sin pensar en nada más. Volvería a lo suyo y seguiría con Bestia viendo alguna película antigua. Pero miró con indiferencia su mano, y luego su rostro.
-¿Me vas a dejar entrar o qué?- le preguntó Zac con al misma indiferencia de su mirada.
Ella no contestó. Vaciló unos instantes y cedió. Pero antes de que Zac cerrase la puerta, le besó en la mejilla. No sabía por qué, simplemente le apetecía. Nunca antes lo había hecho sin un motivo. Zac la miró, serio, como siempre, esperando una respuesta. Pero al ver sus ojos serenos, puros, hizo lo que en ese momento, también le apetecía a él. Le besó en los labios.
Como si ya supiese qué iba a pasar, Bestia bajó de los hombros de Ayira y los dejó solos.
Tras el primer beso, ambos extrañados y sin decir nada, siguieron probando aquella rara experiencia. Suavemente, dejando mecerse en el tiempo, continuaron besándose lentamente y avanzando poco a poco hacia el sofá. Un día cualquiera, en una casa cualquiera, un polvo cualquiera. Pero no tan normal. Eran ellos los que se estaban dejando llevar sin pensar en nada. Sin preocupaciones, sin pensar en las consecuencias de aquel beso, de aquel acto. Disfrutaron sencillamente de las pequeñas cosas que les ofrecía aquél lugar, aquella situación en aquel mismo momento. La habitación no tenía un olor característico que recordar. Sólo el olor de la piel de cada uno. Los rayos de sol que llegaban a entrar eran casi los mismos de aquella mañana en la ducha. Coordinación, cero preocupaciones, nada en lo que pensar, sin sentimientos que pudieran perturbar... En aquél momento sonaba bien. Junto con sus gemidos.

 Terminaron la tarde abrazados, como una pareja cualquiera. Acariciándose, como a cualquier persona le gusta.

Ambos necesitaban el calor humano que no se atrevían a pedir y que no se arriesgaban a sentir."





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