De vuelta de casi un fin de semana completo en la playa...
Ha sido, creo, uno de los mejores compartidos; no ha habido mucho por lo que preocuparse. Tranquilidad, mar, sol, compañía, y un reloj que aclamaba ser mirado. Pero no todo es infinito, y hoy tocaba volver a la rutina de mis veranos en casa.
He podido disfrutar de los últimos minutos del día sentada en un coche, con una de las personas con las que siempre apetece estar (y de las que con solo su sonrisa te sientes recomfortad@); a lo lejos, el sol ocultándose poco a poco y sin prisa en el orizonte, el aire entrando y saliendo sin descanso por el vehículo y rozándonos, la música recorriendo casi el mismo recorrido del viento pero parándose a descansar en nuestros oídos, y por supuesto, alguna que otra frase tarareada y sentida.
Conforme recorriamos los kilómetros, el sol se iba apagando al igual que el sentimiento de libertad, de ganas de expresión y de sacar mi lado más creativo. No todo es infinito.
Y para terminar está primera, y quizá última (nunca se sabe) página de blog, describo a mi ansiada cena, observándome desde un nivel inferior al mio y con la esperanza de que ella me devuelva algo que el sol se llevó consigo...
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