viernes, 4 de mayo de 2012

" Se sentía realmente bien, cómoda. No estaba segura de dónde estaba ni qué había estado haciendo las últimas horas. Parecía como si la hubiesen drogado amablemente, no sentía rencor de quien le hubiera hecho eso. Despertó. Las cortinas estaban echadas, caían como cansadas de todo el día, y se movían suavemente movidas por el viento. La poca luz que entraba era únicamente de una luna creciente, tan brillante y hermosa que hacía daño. Se oían mochuelos regocijándose en el tejado, y alguna lechuza a lo lejos se concentraba en dar caza a un par de ratoncillos.
Un olor agradable llenaba la habitación, pero no sabía qué era.
Era agradable, todo estaba en calma... Pero no se daba cuenta de que su colchón no era otro que el del chico de la otra noche; aquella almohada era su pecho y las sábanas sus brazos.
Cuando fue consciente de todo esto, dejó de acariciar intuitivamente su pierna. Se irguió muy lentamente, y le miró. El chico se encontró sorprendido de ver que aquella cara tan dulce intentaba leer sus pensamientos. No podía dirigir la mirada hacia otro lado, y si lo hacía quedaría condenado. Ella intentaba encontrar una respuesta en sus ojos; o quizá estaba en sus labios, así que le acarició la barbilla trayéndolo hacia sí. Rozó muy levemente sus labios con el índice y luego se fundió con él durante unos instantes. Tras ésto, se alejó para poder ver su expresión. ÉL abrió los ojos y quedó mirándola hipnotizado. No sabía qué hacer ni qué decir, ni si quiera qué pensar. En ese momento eran sus ojos y nada más.
La confundida chica sonrió, hacía tiempo que perdió la ternura y le agradaba encontrarla en alguien. Y contradictoriamente, un pensamiento fugaz pasó por su cabeza: nunca voy a ser capaz de quererte. "


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