"[Quizá deje los cigarros a medio por que no me llena.
Quizá beba sin parar porque no la encuentro.
Quizá deje billetes en cada acera por no llevar tanto peso.
Quizá no esté buscando lo que necesito.
Ya
no la reconozco. Se me olvidó cuáles eran nuestros roles. Tengo la
sensación de que no es quien pensaba. Y si no es ella, si siempre ha
sido de la otra forma... Me aterra más aún. La katana no habría hecho ni
la mitad de daño de lo que haría su forma original. Quizá yo sea ella y
ella sea algo que nunca he tenido.
Quizá la esté haciendo pedazos. Ni el mejor cirujano del mundo podrá cerrar sus heridas.
Quizá, en el mejor de los casos, sea todo un sueño.
Sin mirar atrás.
No hay testigos, no hay delito. Todas quedan
en un precioso jarrón de porcelana, en un pequeño botecito de cristal
lleno de su esencia vendida.
No hay camino, joder, no
hay ningún camino que andar. Son todo mentiras. ¿Cómo quieres que te
ayude si ni siquiera sé qué es verdad y qué no?
Creeme cuando te advierto entre risas, joder.
Ésto se acaba. Y en el fondo quiero desfallecer a la vez. Demasiado éxtasis. Me está consumiendo, soy consciente, pero mi cuerpo va completamente a su bola. Puedo aguantar sin pensar en colocarme mientras me estoy dando una ducha, desayuno y me dedico a hablar de trivialidades con la gente del trabajo. Mientras no empiecen a darme arcadas de tanta falsedad, de personas aparentando, de mentiras... Entonces sí. En esos momentos saldría corriendo, tirando los malditos tacones a mi paso y quedándome con las medias y la gabardina. Correr mucho, hasta que no aguante más, y entonces meterme un pico en la primera esquina medianamente oscura que encuentre.
Y sentir que no estoy, que no soy, que nada importa.]
Tras escribir la carta, la dejó sobre la mesa de la cocina. Terminó de un trago la media cerveza que le quedaba y fue al frigorífico a por más. Estaba seco. Ni una sola gota de alcohol. Sólo medio cartón de vino blanco.
Bajó las escaleras de casa y fue a comprar algo de carne para acompañar al vino.
'Vino de cartón... En qué he llegado a convertirme...'
Fue al primer 24h que encontró y compró un par de filetes congelados, pan casero y una caja de tiritas. Últimamente las fundía. Pagó con toda la calderilla que llevaba y salió como si alguien le estuviera esperando.
Volvió a casa, entró y cerró la puerta con la cadera, de un portazo. Dejó la compra sobre la mesa y buscó la carta. Tenía miedo de que alguien pudiera leerla. Alguien... si ya nadie pasaba por allí. No podían pillarla por sorpresa... Aun así, la buscó entre todo el papeleo. Le llevó un buen rato hasta que apartó cenicero. Tenía la manía de poner el cenicero entre sus piernas cuando fumaba, y dejarlo justo sobre lo que estaba trabajando.
No se atrevió a tocar el papel. Como si quemara. Se dedicó a ocultarlo con folios, cartas y demás papeleo. Cuando formó una buena montaña de papel, se quedó mirandola. Asegurándose de que quedaba de manera "casual" toda aquella pirámide. Dio un par de pasos, con miedo, hacia atrás y recordó la cena.
Encendió la vieja minicadena y sonó The Police. Roxanne. Sólo era capaz de hacer que la comida tuviese algo de sabor si la había cocinado mientras oía música. Otra de sus extrañas manías. Manías que se habían convertido en una especie de obsesión desde aquello.
En el trabajo ya no la reconocían. Cuando entraba por la puerta, todos dejaban de hablar, saludaban y volvían a su trabajo lo más silenciosamente posible. Es como si la temieran. Y eso le irritaba. A la hora de comer intentaban hablar con ella como normalmente, y si parecia que se involucraba en la conversación, entonces se relajaban y podían ser ellos mismos.
Mientras cocinaba no pensaba en nada. Sólo cantaba y cambiaba de cadena cada dos o tres canciones.
Alguien tocó al timbre cuando estaba aderezando la carne. Abrió, no sin antes encenderse el último cigarro industrial que le quedaba. Era Zac.
- ¿Estás ocupada?
-Sí.
-Entonces vale.
Entró apartándole la mano de la puerta. Lo primero que paró a mirar fue la comida, se acercó y olió. Parecía contento, dentro de su seriedad.
- ¿Qué cojones haces aquí? ¿No te dije que no aparecieses así?
- Sabes que me importa poco lo que me digas cuando vas ciega.
- Sabía lo que decía.
- Ya.
Le dejó sitio a Ayira para que siguiera cocinando. Bajó el volumen de la radio, a lo que Ayira contestó con una mirada amenazante.
Zac paseó con aier solemne por todo el comedor, observando el desastre. Pero parecía contento.
Se sentó en uno de los taburetes de la cocina y empezó a liarse un cigarro.
-¿Habrá cena para mí, verdad?
- No quiero que estés aquí. Estaba co-ci-nan-do tranquilamente. Ahora me has interrumpido. Ésto sabrá a rayos.
- Eres una paranoica. Seguro que está buenísimo.
Zac terminó el cigarro y buscó un mechero por toda la mesa. Nada. No había manera de encontrar algo entre todo aquel revoltijo. Mientras se esmeraba en no mover demasiado aquel desastre, Ayira echó una mirada de reojo y tembló cuando tocó la bonita pirámide. Se quedó helada. Como si fuese a fijarse justo en el papel manchado de café...
Empezó a oler a quemado. Zac alzó la cabeza y vió a Ayira perpleja, mirándole. La sartén despedía un humo bastante denso.
-¿Qué cojones te pasa? ¿Vas puesta otra vez?
-¡Mierda! ¡Qué te he dicho! No me sale nada bien cuando me interrumpen.
Zac la dejó refunfuñando y salió a por un par de pizzas.
Cuando volvió, Ayira estaba bebiendo vino blanco, de espaldas a la puerta, mientras se liaba un porro en el centro del salón, sentada con las piernas cruzadas sobre la gran alfombra.
Pensó que era una estúpida zorra. No se merecía más que lo que tenía. Pero sentía el inexplicable deber de cuidar de ella de vez en cuando.
Se acercó con cuidado, y tocó su hombro. Ayira se giró, con los ojos empañados.
-Estoy bien.
-Si, ya te veo.
Zac la abrazó. Sentía muchísimo cariño por aquella idiota. Le quitó el porro encendido sin que se diera cuenta y le dió una larga calada."