miércoles, 31 de octubre de 2012

Lentamente

Cayó en la afilada hierba como si fuese una ligera rama de enredadera, que acaba de ser cortada y la gravedad tira de ella con fuerza, cada vez más y más, y ella se resiste a tocar el suelo. Se levantó una fina polvareda al botar la primera vez con la superficie, su cuerpo parecía completamente inerte. Se asemejaba a una nube de diminutas crisálidas plateadas que intentaban volar.
Pronto, se sentó sobre Naga y se quedó quieta durante unos instantes, dejando que su falda bailara al son de la polvareda. La besó. Con ternura, derramando una gran lágrima que pronto bañaría su pecho. Naga permanecía intacta en el suelo, sin moverse, apenas parpadeaba y no había expresión alguna en su rostro.
Cogió su muñeca, y lentamente la acarició con cariño con el filo de su navaja.
Naga miraba al cielo. No había visto una noche más despejada y luminosa que aquella. La luna le cegaba, parecía crecer por momentos. Las estrellas le envidiaban.

Una gota de sangre comenzó a brotar abriéndose paso por su piel, buscando esa luz que cambiaba su color a un tono negro brillante. Su piel era perfecta, intacta, el tono de piel apropiado, y esas gotas de sangre la lamían tranquilamente.



Estuvo así, tirada, durante 20 inacabables minutos. Ella encima, ahogándola con sus propias lágrimas. Eran sólo agua y rabia, no habían suspiros, no habían caras, solo eso.


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