"Una noche fría, como cualquier otra de invierno, en aquel pueblecillo alejado de cualquier rayo de sol. Viajó durante horas, en el coche, sola. Más o menos animada, intentaba concentrarse en la música y alejar cualquier pensamiento razonable de su cabeza.
Llegó, por fin, al lugar. Eran fiestas. Todo lleno de gente, caminando por la carretera, sin prestar atención a los coches. Aparcó en el primer sitio que vió y salió para emprender una larga caminata. Seguía sin pensar en nada. No esperaba nada, no sabía realmente qué hacía allí; caminaba porque tenía que llegar al parque, por rutina o por inercia daba los pasos, constantes y rápidos, inconscientes. Sentía cómo el ambiente helado se habría paso por su piel y se acomodaba en sus huesos. Sin darse cuenta, llegó, esquivando constantemente la gente que le impedía el paso, y se topó con él.
Se miraron sin saber qué decir. Quería abrazarle, como siempre había hecho. Pero apretó aún más los brazos contra su propio cuerpo y sólo pudo sonreir tímidamente, fuera de contexto totalmente. Él, más relajado, le enseñó su botella de vino, con menos de la mitad del líquido balanceándose suavemente.
Caminaron un rato. Antes de doblar la esquina para darle la vuelta a la manzana, pararon. Él empezó a decir todo lo que no le dió tiempo a soltar la noche anterior. Cada detalle, bien estructurado, como si hubiese ensallado y analizado aquél monólogo para que fuese todo lo escueto que quería. Aún así, el alcohol hacía que su desenvoltura lingüistica no fuese como normalmente, y paraba de vez en cuando, por si se le olvidaba algo. Ella no habrió apenas la boca. No dijo nada nuevo. Se limitaba a escusarse torpemente y guardar un silencio eterno. No paraba de pensar en qué pasaba por su cabeza, si estaría tan incómodo como ella y qué sería lo que necesitaba en aquel momento. Sentía un avismo tan profundo entre ellos, estando tan cerca, que le aterraba.
Cada palabra, y cada vez que él intentaba hablar, la bloqueaba un poco más.Intentó como último recurso, hacer que siguiese hablando. Era mejor que el silencio.
- ¿Eso es todo?
- Sí... creo que no me dejo nada. He hablado suficiente.-dijo él.
Y perdía por un segundo el equilibrio. No había dado ningún trago a la botella desde que se encontraron. Lo recordó y dió uno bien largo.
- Es que no llego a entenderlo, -continuó- de un día para otro. ¿Por qué? ¿Qué coño pasa por tu cabeza?
- Te lo advertí. Desde el primer día.
-¿Y qué quieres que haga? ¿qué quieres que te diga?
Entonces a ella le vinieron miles de pensamientos a su cabeza, de nuevo un déjà vu, de nuevo la misma historia, la misma pregunta, la misma situación. Le agobió lo que vendría después y quiso correr, gritar, pegar. Se reprimió como pudo, sin poder evitar que sus ojos se empañasen de impotencia. Casi sin voz, le dijo:
- Abrázame.
Él empezó a mover la cabeza de un lado a otro, mordiéndose el labio. Al final dijo:
-¿Y de qué me serviría?
Acto seguido, cayó por fin la lágrima. Dejó una gota enorme en el suelo. Siguió callada.
- Me voy. -sacudió una vez más la cabeza y siguió- Otra vez lo mismo.
Sin mirarla, se alejó con paso firme unos metros. Apenas le dió tiempo a pestañear cuando, con un rápido movimiento de mano, estrelló la botella de vino contra el suelo. "
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