martes, 29 de noviembre de 2011

Llamémosla X


" Al cabo de una semana, llegó a poder ignorar a X; sentía su presencia y era consciente de su ligero peso, pero se mofaba de ella cuando miraba para otro lado. O quizá era X que se escondía, divertida, para aparecer en el momento más inapropiado.
Intuyendo el tiempo que pasaría con X, no le quedó otra que intentar adaptarse. ¿Cómo se llamaba? ¿Cómo era realmente? ¿Iba a estar mucho tiempo? Eran dudas que visitaban su cabeza muy de vez en cuando, pero debía resolverlas antes o después.
Odiaba acostarse con X. Dejaba un vacío inmenso en la fría cama. Siempre la dejaba a medias: comenzaba a caldear las sábanas, la acariciaba, la besaba, la encendía, y justo cuando ella daba el paso, la arpía se alejaba, riéndose a carcajadas. Se quedaba vacía, y encendida por la rabia y la excitación. Tenía ganas de pillar a X por sorpresa alguna de esas veces en las que se escabullía, amarrarla y desgastarla hasta doler, besarle hasta morder... Odiaba tantísimo a X y tenía a la vez tanta dependencia de ella que se volvía loca en esos momentos.
Las noches siempre frías y amargas, a veces con rabia y otras simplemente ni percibía que pudiese dormir. Se despertaba confusa, como si no hubiese pegado ojo en toda la noche. Sentía que aún no había asumido su papel"

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