Ana entró después y se puso al volante, casi danzando, con ese nerviosismo alegre que la caracterizaba. Nadia, de copiloto, estaba más seria que de costumbre, y tranquila; a su lado Guillermo hacía rato que había entrado y esperaba a los demás con impaciencia.
Cuando estaban todos con los cinturones puestos, (siempre se cercioraba de que ninguno se había olvidado de ello) Ana metió las llaves y arrancó. A la segunda, aquel trasto parecía un enorme oso viejo recién despertado de la hibernación.
Cuando comenzaron a circular, charlaron sobre la mañana que cada uno había llevado, pero ninguno tenía fuerzas ni ánimos para mantener la conversación durante largo rato. Así que, cuando las voces empezaron a oirse con cada vez menos frecuencia, Nadia cogió su guitarra. Todos sabían que era uno de las múltiples cosas que siempre empieza y nunca acaba, que tocaría unos acordes, se cansaría y la dejaría abandonada de nuevo por no poder llegar a tocar una canción entera. Pero aún así, el cansancio que les unía les impedía a la vez reunir fuerzas para regar el sentimiento de reproche.
La desenfundó lentamente, acariciándola. La funda cayó sobre Guillermo, que la intentó mirar con rabia, pero sólo pudo apenas abrir un ojo y fruncir el ceño. La afinó, y al poco salió el sol entre las nubes, algo pálido. Sin darse cuenta, callaron por completo todos cuando empezó a tocar, y se limitaron a despejar sus mentes, simplemente escuchando lo que provocasen los delicados dedos de Nadia. Con la base de la guitarra casi saliendo por la ventanilla, empezó a tocar suave y torpemente una canción que nadie conocía. Ana borró la agitación que le quedaba en los ojos, y por el espejo retrovisor Lucas podía ver como los entrecerraba de placer. Guillermo había quedado K.O., sumido en un sueño muy profundo apenas podía articular algunas palabras que salían de su boca como si se tratase de ronroneos. Ana estaba ajena a todo, solo existía la guitarra, ella y el sol.
El polvo entraba a su antojo en oleadas intermitentes por la ventanilla del copiloto, iba tapando muy lentamente la desidia de la tapicería. Olor de tomillo y romero fueron buscando, en oleadas también, entre los mechones de Ana, la paz que antes la llenaba. La música ocultaba de preocupaciones la mente, y el estómago se llenaba de un cosquilleo incomprensible. En realidad, era entre el estómago y el pecho, a la altura del esternón, de manera difusa."
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