Levántarse, ducharse, pasar frío, y asegurarte de que tu humor sigue intacto desde ayer. Llegas a la facultad y al cabo de un rato, entra por la puerta y hace que te calmes en cierta manera. Le sonríes, y poco después te das cuenta de su fragilidad. Una hora de clase, y el mal rollo se debilita. Entras y sales mil veces de la biblioteca, hasta que acabas bebiendo en el amado césped, con algo más de ánimo.
Siguen acudiendo personas, y cada vez se hace más borroso aquél pensamiento que te invadía durante el trayecto en autobús.
Lo que se supone que iba a ser un día productivo, se convierte en un dejarse llevar. Estimadas cuatro horas lectivas, de las que sólo acudes a una, no obligatoria.
Tras la comida te ves sentada en el coche y camino de hacer una rutilla, con la compañía de cuatro personas. Aunque te de pereza, a veces aceptas y sabes que ha sido la mejor elección, que si no fuese por esos pequeños planes te habrías perdido mil cosas, y te las sigues perdiendo.
Como siempre, te quedas atrás a la hora de subir monte, pero es tan gratificante el hacerlo que cuando llegas a la zona más alta, sólo piensas en seguir escalando las rocas inaccesibles de la cima. Y al bajar, te sientes más liviana porque parte de los fantasmas se quedaron arriba. La vuelta la haces prácticamente a saltos, danzando. Te maravillas con las cosas que puedes llegar a saber al final de esta hermosa carrera, y le admiras. Te encantaria que fuese tu profesor particular y en cierto modo entrenador, y poder ser consciente de todo lo que te rodea y poder averiguar lo que ignoras, y aprender a moverte entre los árboles como si fueses el mismísimo Tarzán. Y ella, ves su libertad y sus ganas y te tranquiliza solo con percibirlo.
Tus piernas te piden más cuando el viaje finaliza. La idea de volver a la silla y ordenador te agrada tanto como un dedo en el ojo.
Acabas echando un partido al baloncesto con tres amigos. Tu comodidad sigue intacta, e incluso aumenta. Correr, saltar, encestar (rara vez), arañar... Y esos ojos atrapan realmente. No te desagrada la idea de hacer aquéllo una o dos veces cada dos semanas.
Deberías estar agonizando en un rincón, pero continúas. Tras el partido, un té en lo alto de la facultad. Un té delicioso, tras unas horas de ejercicio es... ambrosía.
Pero aun después de esta parada tranquila, sigues tan activa como cuando bajabas resbalando por la falda de la montaña. Y en el autobús sientes unas ganas inmensas de invitar al chico que está dos asientos por detrás tuyo a tener una breve conversación, pero por pensarlo demasiado te pasas todo el viaje escuchando música, y parte de él imaginando que tocas la batería. Y aspiras.
Y por fín, el camino de regreso, parte de tí se lamenta de no aprovechar esa energía saludable con alguna persona en concreto y en alguna acción determinada, pero no te entristeces por ello.
Sé que no es buen ejemplo, pero un cigarro tumbada y con la cabeza colgada de los pies de la cama, los pantalones en la otra punta del cuarto y la ventana entreabierta, te vuelve a hacer sonreir.
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