
"Ahora sí que estaba sola completamente. Tras la fusión no tenía nada que le hiciese sentirse incómoda, pero tampoco podía acostarse con X y dejar que la violase. Pensó que cuando terminase su trabajo, se daría unos días para destrozarse, hacerla salir e intentar razonar con ella.
X... me empieza a cansar. La llamaremos Naga. Este es el mejor dibujo que podía representarla, aunque no sea así exactamente... Su historia sí podria ser la misma.
La echaba de menos fuera de ella, sólo por las noches en las que le costaba la vida poder conciliar el sueño, o cuando tenía unos minutos libres y conseguía estar sola. A veces pensaba que era su amor fatal, que si seguía así nunca podría librarse de ella. Prefería que le consumiese la vida a ser una obeja más.
Esa tarde, el jefe le había obligado a tomarse unos días libres. Estaba orgulloso de su trabajo, y no tanto de su humor.
Desde que la contrató había sido excelente: llegaba puntual todos los días al trabajo, siempre con su sonrisa tímida, se sentaba frente al ordenador y no se levantaba hasta que le ofrecían un café. Siempre a la misma hora y siempre la misma persona. El jefe sabía que Xabi se quedó prendado de ella desde el primer día en que abrió la puerta de la oficina. No sabía por qué, era una chica de lo más corriente y habían mujeres mucho más follables y salidas trabajando con él, pero las rechazaba sin darse cuenta.
Xabi se levantaba siempre a las 10:15 de su puesto de trabajo, y se dirigía ansioso hacia Ayira. Cuando le quedaban unos 5 metros para llegar a ella, disminuía el ritmo y se acercaba sigiloso y con miedo. Le tocaba el hombro derecho, y ella dulcemente le miraba y simplemente le asentía. Cada día, con cada sonrisa pensaba lo mismo: deseaba que le sonriese con otra proposición que no fuese tomarse un descanso en horas de trabajo.
Pero desde hacía unos meses Xabi no se atrevía a tocarla. Se quedaba a un metro delante de ella, y casi susurrando la invitaba de la forma más amable posible a salir un rato a la puerta. El jefe se había fijado que a veces simplemente le ignoraba, o le decía que no sin ni siquiera mirarle a la cara. Se concentraba únicamente en la pantalla del ordenador. Entonces él tardaba menos de 10 minutos en volver a subir. Cumpliendo con el horario, se quedaba otros 10 minutos observando sus gestos, sus finas gafas y aquella coleta mal hecha, que en cualquier momento parecía que iba a deshacerse. Su ceño fruncido y su sonrisa... Parecía que la hubiese vendido.
Se quedaba hasta bien entrada la noche allí, sentada frente al ordenador o leyendo mil periódicos en la sala de la entrada con su interminable americano. El jefe pensó que esa forma de vida no iba a acabar bien, necesitaba salir de allí unos días y despejarse de tanto trabajo. También le podía haber recomendado que se pasase por su despacho y echarle un buen polvo, a ver si le cambiaba la cara, pero en el fondo la apreciaba como para hacerle tal proposición.
Ayira pensó en qué podía invertir esa semana. Si se quedaba en casa se pondría a ordenar cada rincón, lo que le parecía la mayor pérdida de tiempo. Por supuesto seguía sin apetecerle quedar con nadie, ni familia, ni amigos. Serían situaciones incómodas si decidía comportarse como un ser humano, mordiéndose la lengua y dibujando esa sonrisa tan irreal; si no, acabaría sacando lo peor de cada uno. Acabaría mal fuese como fuese. Si quedase con ella, acabaría frustrada.
Realmente le apetecía salir sola, disfrazada por si alguien se atrevía a saludarla, beber sin nada que le frenase y acabar en cualquier rincón de la ciudad. Aún le quedaba un mes para pensarlo bien."
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