A la vuelta, me he dedicado a buscar un buen rincón donde dar una última calada, desde donde pueda disfrutar de los pocos rayos de sol que quedaban. Cada vez bajaba más, y temía no alcanzarlo. Cavilé al toparme con una higuera en subirme, desde arriba se vería mejor. No era lo suficientemente alta. Terminé el camino sin esperanza de encontrar un rincón soleado.
Descubrí un terreno cerca de casa, labrado. Caminar por él era volver a la infancia. Lo atravesé y me senté frente al sol. Dejé al golfillo en libertad, me encendí un cigarro.
Un soplo de aire fresco tras una mañana de estrés, con el sonido de chovas revoloteando y la compañía de un petirrojo urgando en el cultivo...

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