lunes, 6 de febrero de 2012

"Estuve corriendo durante varios minutos bajo la lluvia, sin saber dónde ir. Mis botas golpeaban con fuerza a cada paso, y miraba hacia atrás, con miedo a que alguien me persiguiera. No había nadie por la gran avenida, el cielo pintado de gris, empezaba a oscurecerse cada vez más. Los balcones eran demasiado estrechos como para cubrirse, además, el aire hacía imposible el aislarse por completo del agua.
En realidad me encantaba correr bajo la lluvia. Siempre me ha gustado, el paraguas es el objeto más inútil que poseo. Al llegar a la plaza, me invadió la niña que no salía desde hacía mucho. No había nadie, solo alguna que otra persona corriendo bajo un paraguas o el periódico, como si lo que caía del cielo fueran piedras o cuchillos afilados. Me parecían tan idiotas... Nadie se percataba de mi existencia en
ese lugar, al igual que hacía algún tiempo, y decidí pararme allí a refrescarme tranquilamente. Me senté en un banco, y me quité el calzado. Comprobé con mi pie derecho la madera húmeda, me hizo sonreir, y usé la posición de medio loto para relajarme, mirando hacia arriba.
Oía a gente susurrar palabras como "loca" y sinónimos, incluso llegaron a decir "indigente". No podía evitar reir con esos comentarios. Al rato, comprobé que ya no paseaba nadie, seguía lloviendo. Estaba completamente sola. Fui entonces consciente, estaba completamente sola, no tenía a nadie que me esperase, que me echara de menos. Y sin embargo, estaba bien.
En ese instante noté la presencia de alguien. Me tapó los ojos. No tenía ni idea de quien podría ser, pero no me importaba no conocerle. Me giré y su mirada me atrapó. Sabía que le conocía, pero estaba tan fuera de la realidad que no busqué en mi memoria. Al ver mi car
a confusa entre asombro y una alegría inocentona, sonrió levemente y se sentó a mi lado, dejando también sus pies desnudos. Cogió mi mano y me besó en la mejilla. Me dejó helada, sin poder dejar esos ojos... Eran tan oscuros... O quizá su pupila estaba demasiado dilatada. Me desnudaban sutilmente, y yo disfrutaba aun estando hipnotizada e incapaz de moverme.
Percibí una luz de melancolía en su boca. Volví a quedarme embobada hasta que oí su voz:
- ¿Por qué no paras de mirarme?
-Tenía curiosidad por cómo serían tus dientes.
Me miró confuso y luego sonrió. Tenía unos colmillos que destacaban entre toda la dentadura, blancos impolutos. Seguía lloviendo.
-Ahora quiero ver como se hunden en mi piel.
Ante el agresivo comentario, dejó la sonrisa a un lado y me arrastró con él. Cogí mis botas casi al vuelo y corrimos, descalzos, hacia su piso.
Al cerrar la puerta me acarició la cara y me besó en los labios. Era tan delicado que me cabreó. Le aparté las manos y le mordí el labio. Entonces comprendió, y se dejó llevar. Llegamos a
l salón esquivando la ropa que dejábamos por el suelo, entre besos, lametones y mordiscos. La decoración de su piso era un popurrí de toda su vida: máscaras africanas decoraban las paredes, posters de la generación X, miles de discos, algún que otro juguete de hojalata, espanta sueños... Me tumbó en el sofá y me quitó el sujetador sin despegarse de mis labios. Hizo realidad mi fantasía e hincó sus colmillos en mi cuello, lo que hizo que soltase un sonido mezcla de dolor y placer. Recorrió mi cuerpo desde el cuello hasta la ingle, marcando el camino con su respiración agitada. Me mordió el muslo, y a partir de ese momento perdí la conciencia.
Recuerdo escenas... Sus brazos fuertes en el primer momento en que me penetró y su gemido de satisfacción, sus suaves manos acariciando mis senos, las mías arañando su espalda, su torso húmedo, mezcla de agua y sudor, su lengua me hacía perder el sentido, mi boca ansiaba morder, absorber...

***
Acabamos exhaustos, y sin saber cómo, en la cama. Cuando recobramos el aliento, al unísono, nos incorporamos. Mirándonos extrañados nos pusimos algo de ropa, él unos pantalones y yo una chaqueta. Cada uno cogió un pitillo, por separado. Nos encontramos en el balcón, y me ofreció fuego, sonriendo. Fumamos en silencio, y entramos por el salón. Miré a mi alrededor con mayor atención que la primera vez, y me senté frente a un tablero de ajedrez.
-Enséñame a jugar.
Me miró amablemente y se sentó frente a mi. Comenzó a explicarme las reglas básicas del juego, me introdujo un poco en su historia.
Pasamos la noche entre damas y alfiles, vino, sábanas y lametones."

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